El día 1 de febrero fallecía, con paz y bien atendida, Dª María Dolores Cao de Suárez.
Estaba en el hospital clínico, rodeada del amor de sus hijos y nietos.
Los nietos le llamaban la abueliña y ella rezaba por cada
uno. Recibí un correo de uno de esos nietos que decía más o menos: se nos fue la abueliña, madre, amiga,
nuestra defensora, ejemplo de generosidad, la persona más querida que sabe mis cosas, se lleva mi corazón. Cuando yo me muera me
vendrá a buscar. Te quiero
abuela, eres mi vida.
A la hora de la muerte
llámame…
Me conoció, Dª. Dolores, en San Julián de Sales, sus hijos iban a la
escuela a la que iba también yo y
armaban unos partidos de futbol
impresionantes. Todos se parecían mucho y son inconfundibles.
Pasados los años celebré la primera Misa en S. Julián y ella
estaba presente con alguno de sus hijos. Desde esa no recuerdo más hasta que
hace unos años, su hija Vene, catequista en esta parroquia de S. Cayetano, me
pide que vaya a verla. Vivían cerca de
la parroquia.
En ese momento aun salía de casa, cosa que hizo hasta última
hora. De hecho el ictus que le dio fue estando en la cafetería de cerca de su
casa.
El tratarla fue para mí
una gracia de Dios pues vi su entereza y carácter. Me dijo varias veces y con un punto de alegría que había
tenido 16 hijos y que no tuvo, ni necesitó, ayuda de nadie a la hora del parto.
Varios fallecieron de pequeños.
A todos les dio una sólida formación que les dura pasados
los años. Decía con claridad lo que pensaba, cosa de agradecer siempre, y estaba segura
de los puntos doctrinales fundamentales: Gracia-pecado; Dios es amor y nos ama a cada uno ;
hay otra vida: cielo, purgatorio e infierno; confesar con confianza de ser
perdonados y comprendidos por Dios y por su representante y comulgar con frecuencia con fe y amor.
La fe le venía de dentro, no era algo externo como un
barniz, sino algo experimentado muchas veces como un regalo de Dios que nos
hace felices. Dios nos propone un camino de felicidad.
El primer día que le llevé la comunión la encontré de punta
en blanco, me pareció la mismísima y famosa Mary Poppins. Sólo le faltaba el
paraguas. Al hijo, que la atendía, le hizo poner el traje y la corbata. Nada de chándal.
Era Jesús mismo el que venía a su casa. Lo hacía por su fe en el
Señor.
Estuvo muy atendida espiritualmente. Pensaba mucho en la
muerte, que veía cerca. Iba a verla un
padre dominico el P. José María
Trapiello. Recibió varias veces la Unción de enfermos y, pocos minutos antes de
dar el salto al Cielo, se le hizo
la recomendación del alma que es tan
bonita y en la que se pide a la Virgen, a los ángeles y a los santos que salgan a esperarla.
También recibió la bendición papal con indulgencia plenaria
a la hora de la muerte y que podemos dar los sacerdotes.
Cuando estaba en el hospital ya grave, un familiar me hizo
una pregunta fundamental: ¿hay o no hay
cielo?
Una respuesta es que
no puede ser lo mismo la muerte de un gusano o la de una persona. Pero además nos fiamos de Jesucristo que después de
morir se mostró resucitado a los apóstoles
como diciéndoles: ¿veis como es verdad lo
que os decía?: hay resurrección, hay
otra vida después de la muerte. Nuestra fe se apoya en esa resurrección del
Señor anunciada y luego constatada por muchos testigos.
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| S. Julián |
Fui al tanatorio a rezarle un rosario. La Virgen es nuestra
madre y acudimos a ella en lo ordinario y también en momentos especiales, nos confiamos a ella
y le decimos nuestros secretos.
Estaban muchos en el velatorio y fueron muchos también los
que rezaron. Vi más bien rostros serenos, emocionados y conformes con la
voluntad de Dios que está envuelta en sabiduría. Estaba muy bien arreglada como
lo había estado en toda su vida.
Hay que rezar por ella, pero también podemos pedirle ayuda. Eso
les comenté en el tanatorio a los presentes y yo ya lo estoy haciendo y con
buen resultado. Tenía dificultades para encontrar sustituto en la parroquia, me
encomendé y llegó la solución.
En Dª Dolores se cumplió el Evangelio
: sois la sal de la tierra. Ella
lo ha sido con sus obras y palabras,
tal vez
sin saberlo y sin darle importancia.