Cuando era niño tuve una catequista que me enseñó de
memoria el Astete, incluidas las obras de misericordia. Pasados los años, esta
catequista enfermó. Me acuerdo perfectamente de su nombre: Carmen Nieto. De las
demás me he olvidado pero de ella, no.
Siendo ya mayor, unos 80 años, enfermó y
pasó la enfermedad rezando rosarios, muchos rosarios. Llegó un momento en que
ya no podía hablar ni mover los labios y entonces lo que hacía era tener
siempre el rosario en la mano, hasta que
murió.

Cuando murió me avisaron y fui al funeral en
agradecimiento por lo que me enseñó y quizá algo de sus rosarios también me
tocó a mí.
Conocí también a una señora mayor que todos la llamábamos
la abuela, que tuvo una enfermedad que la recluía en casa. Se pasaba el día
rezando rosarios. Cuando la visitaba disfrutaba preguntándole cuantos rosarios había
rezado en el día. En una ocasión me dijo: Sólo nueve. No se contentaba con poco. Sólo Dios sabe a cuantas personas habrá ayudado.

Ese gallardete se ponía extendido en la Catedral de
Santiago en las fiestas de este apóstol. Ahora está en una sala del museo de la Catedral, para su mejor conservación.
El rosario es una oración vocal y mental a la vez y se
considera uno de los tesoros de la Iglesia que ha pervivido durante siglos.
Hace años pasó por Santiago un sacerdote norteamericano
el P. Patrich Peyton con quien pude tener una pequeña conversación en el
seminario. Difundía el rezo del rosario en familia en todo el mundo y repetía que familia que reza unida permanece unida.
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