
Me
encontré con un hijo con el que me paré,
le saludé y tuve una conversación sencilla con él.
Le dije que no
abandonara a su padre. Es decir que rezara por él. Me
contestó que era su padre quien le había abandonado. Me lo
dijo con emoción, a pesar de ser un
hombre hecho y derecho.
Entonces le expliqué que Dios es Padre y que nunca
nos abandona, que confiara en
Él.
No me dio tiempo a
explicar que también tiene a la Iglesia que es como una madre que nos quiere y
cuida, y que incluso su padre seguirá con sus obligaciones familiares aunque de
otro modo. Esto habrá que dárselo en otra ocasión y en pequeñas dosis.

Habrá que cambiar ese modo de pensar y de vivir. Hay que
considerar la filiación divina cada día para que cuando lleguen estos momentos
más duros sepamos descansar de verdad
en Dios.
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