No estaba en
mis planes pero este verano me ha traído a Santiago. Confieso que no soy uno de
estos peregrinos que andan miles de kilómetros hasta llegar a estas tierras.
Pero, de todas maneras es una experiencia única estar en este lugar santo,
donde se veneran las reliquias del santo Apóstol.
El conocido
Camino de Santiago es recorrido por gente de todas partes del mundo que
peregrinan desde muchos sitios de Europa hasta llegar a Santiago. Unos lo hacen
a pie, otros en bici, otros quizás en coche… Yo lo hice en tren, algo no muy
común a un peregrino de Santiago. Asimismo, me gustaría contaros mi
experiencia.


Esto es lo que se hace (o
se hacía) en el Pórtico de la Gloria, puerta principal de la Catedral: en la
base de la columna central del Pórtico hay cinco huecos dentro de los cuales se
meten los cinco dedos y se renueva la profesión de fe. A partir de ahí se entra
en la magnífica Catedral y luego se vislumbra el precioso retablo con la imagen
de Santiago presidiéndolo.
Ahí se puede visitar las diversas capillas, la
Puerta Santa, y se puede subir al retablo para dar el popular abrazo en la
imagen del Apóstol… Pero el momento más especial es, sin duda alguna, estar
delante del sepulcro de Santiago. Y yo tuve la oportunidad de estar unos
minutos a solas con el Apóstol, ya que me había metido ahí al final del día, cuando
el número de peregrinos era ya escaso y casi nadie se metía a ver las sagradas
reliquias. Pude rezar con tranquilidad y puedo decir que fue unos de los
momentos más especiales de mi vida.
Una de las
cosas que más me llamó la atención fue el famoso Botafumeiro. Está ahí hace
setecientos años y es, de hecho, algo impresionante. Está colgado de la cúpula
del crucero, en el centro de la Catedral, delante del altar. En una ocasión, acabada la Misa que
participaba yo, el cura echó incienso en el Botafumeiro y con un impulso
empezaron a moverlo de la nave derecha hacia la izquierda en un movimiento
pendular espectacular, hasta casi colisionar con las bóvedas. Y esto se hizo
antes de la bendición final de la Misa no sólo para la admiración de los
fieles, pero sobre todo para dar gracias al Señor por el don de la Eucaristía y
de todas las gracias que nos concede a cada día. Los fieles fuimos invitados a
unir nuestras oraciones al incienso que subía hasta el cielo para dar gloria a
Dios. Fue una ocasión única de no solamente admirar la belleza del momento,
sino de dar gracias a Dios por todo lo que hace por nosotros. La majestuosidad
del gesto me llevó a pensar en cómo Dios es grande y cómo su bondad y
misericordia son mayores que nuestras dificultades y limitaciones. El
Botafumeiro, mucho más que solamente provocarme admiración, me llevó a rezar
con el salmista: “¡Qué deseables son tus moradas Señor de los ejércitos! Mi alma se consume
y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo”
(Sl 83).
Lo que digo es
poco delante de lo que se vive en realidad. Santiago de Compostela tiene algo
singular que sólo sabe quiénes pasaron por aquí.
Y después de experiencias tan
especiales, me toca esperar hasta que Santiago me sorprenda nuevamente. Por fin,
digo que vale la pena estar en este lugar santo y que lo que se vive aquí se lo
lleva en el corazón.
Atrtículo escrito por el seminarista Higor de Jesús Morais, de la Diócesis de Nueva Friburgo en Brasil. Actualmente estudia teología en el Colegio Eclesiástico Internacional Bidasoa en Pamplona. Está haciendo un mes de pastoral en esta parroquia de S. Cayetano de Santiago de Compostela
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