
Un día fue a la capilla en cuestión a limpiar el retablo. No le dijo nada a su
marido y cuando entró en la capilla cerró la puerta con llave.
Luego subió al altar con una escalera y desde allí limpió y
arregló parte del retablo. Cuando quiso bajar colocó el pie fuera de la
escalera y cayó sobre el pavimento “como un saco de patatas”.
En poco tiempo le pasó por la imaginación su situación,
estaba sola, no tenía teléfono, su
marido no sabía nada y la puerta estaba cerrada. Y además aquella iglesia no se
abriría hasta tres días después… miró para el sagrario y se puso a hablar con
el Señor allí presente haciéndole ver, con cierta angustia y esperanza,
que le tenía que ayudar puesto que ella
estaba allí por Él.
Intentó moverse creyendo que algo tenía que estar roto, pero
comprobó que nada estaba roto y que podía incorporarse. Se levanta y se
convence, con agradecimiento, de que
Dios es un Padre providente y que ayuda a sus amigos.
Cuando llegó a casa le dijo a su marido que si no se
enfadaba le contaba lo que le había pasado. Se lo contó e hizo el propósito de
ser más prudente previendo situaciones de peligro.
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