
Supongo que haría alusión al hijo pródigo que gastó su
dinero en vanidad, comer y beber, y en
malas mujeres. Todo eso le llevó, no a
saciarse, sino a más hambre y quizás, como un símbolo, se pone bajo las órdenes de un amo,
seguramente el demonio, que le da a comer lo que comían los cerdos y, aun eso,
tasado, en poca cantidad.
Se cumple en él lo que dice el profeta Ezequiel que cuando
Israel deja a Dios y busca ídolos queda convertido en un desierto. Ya no es un
vergel, un paraíso. Así sucede en el
alma que se fía de los ídolos que,
prometen mucho y no dan nada. Mas hambre y mucha desolación, un desierto
por donde Dios ya no se pasea con amor,
como lo hacía en el paraíso
con Adán y Eva y también con nosotros cuando estamos en su gracia.

En cambio, el Padre del hijo pródigo, cuando éste al fin piensa y vuelve, le prepara un buena cena que podíamos llamar una fiesta
para los hijos. Pero ya es otra cosa, limpieza, vestido nuevo, anillo,
sandalias y se mata el becerro cebado e
incluso no falta la orquesta. Todo de lo mejor.
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