No como santa Teresa que para eso hay que tener ese don de
Dios, sino como el común de los mortales, pues a todos nos puede pasar.

Preparé todo y me dirijo hacia el norte en donde viven ellas,
a
unos 600 metros de la iglesia.
Cuando anduve unos cien metros pensé que sería mejor llamarlas
por teléfono para que estuvieran preparadas. Cogí la lista de enfermos y puse su teléfono o al menos eso creía yo. Cuando
terminé de hablar, veo en el teléfono
que había llamado a otra enferma que está en dirección opuesta.
Entonces cambié
de dirección, diciéndole al Señor eucarístico, que llevaba conmigo: BUENO, Señor,
me haces dar vueltas y cambiar de planes, pero así lo haré.

Me dirigí en aquella dirección pensando mientras tanto que podría hacer yo. Para mí era obligado pasar por allí para ir a ver a
la enferma con quien había
quedado.
Cuando llegué al paso de peatones veo unos 12 ó 15 policías,
una zona acordonada y un señor en la acera cubierto con una manta. Me acerco
y les digo, a los policias, que yo puedo darle la unción de enfermos si es que me dejan pasar. No
hay problema, me dijeron. Pasé, busqué
en el ritual la unción para casos urgentes y, por indicación mía, le destaparon la cabeza y en tres
minutos le día la absolución y la Unción de enfermos. Si estaba con vida, le ha
servido.

Luego pregunté y me dijeron que era un señor conocido,
jubilado, que había sido carpintero y
que siempre andaba muy bien vestido.
Iba con las manos en los bolsillos del
abrigo y cayo de bruces. Pasaba un bombero en su coche y le intentó reanimar, pero inútilmente. Las ambulancias aún no
habían llegado y el cuerpo, cuando le
hice la unción, bajo condición, todavía estaba caliente.
Vi la mano de Dios en todo este suceso. Dios me fue llevando
paso a paso.
Las imágenes que ilustran esta anécdota, son todos tomadas de internet.
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