
De hecho sabemos de la importancia de
los pozos y de cómo Jesús de Nazaret pidió de beber a la samaritana junto al
pozo de Jacob. Dame de beber, le dijo.
También en la Cruz Jesús dijo estas palabras TENGO SED. Alguien le llevó una esponja
empapada en vinagre que él probó como
agradecimiento. Tal vez con esas palabras quiso expresar otra clase de
sed. La sed de almas, la sed de ser amado por el hombre, sed de mi sed.

Pregunté a varias
personas si habían tenido ocasión de vivir esta obra de misericordia, tal vez
fundada en las palabras sobre el juicio final: tuve sed y me disteis de beber.
La respuesta fue negativa. Solo en una
ocasión vi ofrecer agua a peregrinos, en la JMJ, cuando numerosos jóvenes subían al monte del Gozo,
aquí en Santiago, un día caluroso de agosto, cargando con sus mochilas hasta a una distancia de unos 4
kilómetros y todo a pié. Allí iba a ser el encuentro con el Papa. Era de
agradecer aquella agua fresca.
En esta ciudad hay fuentes en la calle a ellas
acuden algunos a beber, pero no es necesario dar de beber. Abunda el
agua por todas partes.

Los comprendo pues a veces las noches son frías
y se necesita la fuerza del vino para entrar en calor y dormir mejor, ya que
duermen al raso con frecuencia.
En cuanto a la otra sed, la sed de amistad, de ser escuchado
o de ser feliz, ahí sí que hay mucho que hacer. ¡Cuánta angustia y soledad y sufrimiento!
Gran tarea que tenemos por delante para
apagar esa sed, en la que Dios se
vale de nosotros y de nuestra generosidad.
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