jueves, 11 de enero de 2018

“Soy la madre de un asesino”




Esto lo escuché en una entrevista en TV, como un grito de fracaso y desesperación. Quedé consternado y supongo que para muchos sería como una puñalada en el alma.

En descargo de esa madre hay que decir que ella engendró y dio a luz un ser libre y responsable y si llegó a lo que llegó,  es decisión principalmente suya, del hijo,  aunque, como es sabido, una buena educación y la formación llevan normalmente  por otros caminos.

Pero la reflexión es que no importa que un hijo sea superinteligente o rico o  con una salud de hierro, pues eso no vale nada  o es muy secundario,  si se trata de  un ladrón, un asesino o un cínico.

Primero,  por él mismo,  que con esa conducta no es feliz,   aunque tenga otras cosas como la riqueza o un buen trabajo, y luego  porque, en ese caso,  los valores de la persona están cambiados o equivocados. Ya lo dice un refrán popular: primero Dios y después los santos. Primero ser persona y luego lo demás. Me lo decía un padre de familia: yo los educo, a mis hijos, a ser personas, es decir que sean de palabra, que sepan perdonar, que compartan lo que tienen, responsables en el estudio y con los amigos etc.

Se ve que hay padres que, sin pensarlo mucho,  valoran más que un hijo saque buenas notas o gane mucho,  y no  que tenga una esmerada educación religiosa y  civil o que tenga virtudes humanas. 

Quizá  les gustaría las dos cosas, inteligente y buena persona, pero no dan prioridad a la bondad,  a la hora de concretar  si estudiar o ir al catecismo o a una charla de formación.

La fe y la oración ayudan a ser buena persona, a tener un corazón humilde y generoso. Una persona sin virtudes,  es una bomba.

 Nuestra vocación es ser persona de bien y para eso hay que cuidar el ser bueno. Un jardín requiere cuidados constantes, no basta que el jardinero vaya una vez en la vida a  ponerlo bien.

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