sábado, 26 de septiembre de 2015

Visitar a los enfermos




Es la primera obra de misericordia corporal  que nos pone el catecismo. A Jesús le llevaban los enfermos para que les impusiera las manos y en otros casos lo llamaban a ir a casa como pasó con Lázaro o con el siervo del centurión.  La Iglesia continuadora de la misericordia de Jesús, siempre ha tenido muy en cuenta a los enfermos. Incluso hay varias instituciones dedicadas a los enfermos como el Cotolengo  o las  Siervas de los enfermos y otras.

De los enfermos se aprende mucho. Son maestros aun sin pretenderlo. Suelen ser muy agradecidos, nos enseñan la importancia de la paciencia y  a veces nos hacen pensar. Ver personas que fueron importantes limitadas a una habitación o en una silla de ruedas, nos lleva a pensar en lo que dice la Sagrada Escritura: el hombre es como la hierba  del campo que hoy es y mañana ya se seca.

En una ocasión visité a un enfermo que llamo filósofo. Nunca había estado enfermo, pasó la vida trabajando para tener una casa y cuidar a su familia, y cuando tenía unos 60 años se ve tirado en una cama, sin poder hacer nada y dependiendo de los demás. Fui a verle y me dijo: ¿yo que hago aquí? ¿Por qué estoy así?. No comprendía su nueva situación de aparente inutilidad. No entendía su dolor, ni su vida. Quería explicaciones.
Por eso afirmo que los enfermos tantas veces son profesores que nos llevan a pensar en lo esencial de la vida.

Ahora se dan casos de enfermos que no se enteran de nada. No saben quiénes son, ni saben su historia. He visto maridos ejemplares que cuidaban a su esposa que no podía ni sabía dar gracias, pero ellos supieron perseverar en el amor. Las cuidaban con amor y alegría.
 Aunque no siempre es así. Hay quienes van quedando poco a poco solos, con visitas muy espaciadas y quizá tristes y deseando morir.

A todos se les hace mucho bien visitándolos, poniéndolos al día de lo que pasa en el mundo y haciéndoles sonreír y también escuchando sus historias. Hay, sin embargo alguno – yo lo vi – que por el mucho dolor o por lo que sea,  que no quieren ser visitados. En este caso se debe respetar su libertad y dejarlos tranquilos.
A los enfermos se les puede pedir que encomienden a determinadas personas que lo necesitan, diciéndoles incluso los nombres. Se les puede ayudar a rezar porque solos les cuesta y les  viene bien un pensamiento sobre Dios a quien van a ver pronto. Dios todo lo puede y no nos abandona y en Él confiamos. “aunque camine por cañadas oscuras nada temo, porque tú vas conmigo”.

Los domingos debieran ser días que dediquemos a Dios y a los enfermos o a la familia. Los enfermos son Jesucristo. Lo que  a estos le hicisteis,  a Mí me lo hicisteis. En estos últimos meses pude visitar  a varios  amigos enfermos y, después de verles,  Dios me premió con  alegría interior y paz.

En tantos años como llevo de sacerdote nunca vi a un enfermo que le pareciera mal la visita. Se alegran y se sienten confortados por la presencia, por la oración y la Palabra del sacerdote. Ya Santiago en una de sus cartas decía: si alguno de entre vosotros enferma, que llame a los presbiterios de la Iglesia y que oren sobre él.

Son ejemplo heroico de cuidado a los enfermos la Madre Teresa de Calcuta que decía:  Cuando nos ocupamos del enfermo y del necesitado, estamos tocando el cuerpo sufriente de Cristo y este contacto se torna heroico; nos olvidamos de la repugnancia y de las tendencias naturales que hay en todos nosotros».
También es un grandísimo ejemplo el P. Damián apóstol de los leprosos que decía: 
"Sé que voy a un perpetuo destierro, y que tarde o
temprano me contagiaré de la lepra. Pero ningún sacrificio
es demasiado grande si se hace por Cristo".

  
Asi mismo es muy conocida la vida de S. Roque tan querido en toda Europa y famoso por atender a apestados  y contagiarse con este trabajo, tal como aparece en sus imágenes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario