viernes, 2 de octubre de 2015

Dar buen consejo al que lo necesita.


Todos  podemos dar un buen consejo  al que lo necesita. Ya San Pablo dice a los romanos (Rom. 15, 14) estáis capacitados para  aconsejaros unos a otros. Una visión verdaderamente optimista de los discípulos de Cristo. Todos pueden aconsejar.

Jesús también aconseja a los apóstoles en  muchas ocasiones porque los ama,  pero una ocasión  significativa es cuando los envía a predicar de dos en dos. Antes les da unos consejos prácticos de cómo ir y de cómo comportarse en los lugares a donde lleguen.

El consejo no quita la libertad. No es un mandato. Más bien potencia la libertad pues da abundancia de luz sobre un comportamiento. Luego el aconsejado decide coger o dejar el consejo. Al fin él es el responsable último de sus decisiones.

Hay personas que tiene ese don pues han sido reflexivos en su vida, han pensado las cosas, saben valorar las circunstancias y lo más probable es que tienen razón en lo que nos dicen. Es prudente hacerles caso o,  al menos, considerar y sopesar lo que dicen.
Dar consejo al que lo necesita tiene una dificultad, necesita ser acogido y por tanto supone humildad. La soberbia no pide ni quiere consejo.

El consejo ha de ser desinteresado, por amor, ha de suscitar el optimismo y la responsabilidad.
En las cosas del alma un consejo es muy necesario, pues nos abre horizontes, nos abre los ojos, nos ayuda a ser generosos y a avanzar. Esta obra de misericordia dice dar buen consejo, lo cual quiere decir que no todo lo que nos aconsejan es bueno o acertado, ni siquiera el mandato.

 Si se manda mal,  no se obedece. Hay que cotejar el consejo o mandato con le ley de Dios, con el Evangelio y la enseñanza de los santos y así formar la conciencia.

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