viernes, 28 de junio de 2013

Jesús , emigrante

Escuché una bonita comparación en un retiro y la pongo al servicio de todos.

El que daba la meditación decía que cuando alguien emigra a otro país ocurren dos cosas: una es  que procura adaptarse a las costumbres de ese país, trata de ser un ciudadano normal y,  segundo,  hay cosas a las que nunca renuncia al menos en su interior que forma parte de su ser más intimo. Esas las  aprecia por encima de todo, pero  de alguna forma también las  transmite y con ellas se enriquecen esos ciudadanos que le conocen.
Jesucristo  hizo igual. El viene de emigrante de la Ssª Trinidad y se adapta a nosotros en todo, menos en el pecado, y trae algo muy íntimo que luego se expande: su infinito amor y su unidad con el Padre y el Espíritu Santo.
 Esto lo comunica a los que conviven con El y se extiende a otros. En esto, se ha de destacar la Iglesia, en el amor y la unidad.


Me contaron de un emigrante en Alemania que un hermano suyo le decía que ya que estaba en el País de la mejor cerveza que aprovechase para tomarla de vez en cuando.
 Ese emigrante le contestó a su hermano que con lo que le costaba la cerveza le compraba dos kilos de pan para sus  hijos. Así  se privaba de ese gusto por amor a ellos.

 De esta pequeña anécdota se puede sacar varias consideraciones espirituales.
 Jesús se privó también en la tierra de muchas cosas lícitas y al mismo tiempo pasó trabajos. Con eso  ganaba  méritos y gracias que el sabía  iban a ser para nuestro provecho: para el bien de sus hijos,  que somos nosotros.

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